Florencio Martínez debe su nombre artístico a la aldea que lo vió nacer: Arboiro. Una pequeña población, casi olvidada, en las montañas de la comarca ourensana de Trives. Allí transcurre su infancia y juventud, antes de trasladarse a la capital provincial. Siempre orgulloso de su carácter aldeano, Florencio es un testigo del continuo deterioro del mundo rural y de sus tradiciones, y esto explica su incansable defensa del patrimonio cultural popular a través de su obra artística y etnográfica.
Florencio de Arboiro, aunque trabaja con materiales como la piedra, la pizarra y la madera, es ante todo un escultor del bronce. El bronce está acompañado de materiales obtenidos del entorno natural, como piedras y raíces de árboles, que crean caprichosas formas. Su empleo no es secundario, sino que se convierten en organismos complementarios que forman parte directa de cuerpos de las figuras y que las envuelven formando un marco que natural que estructura y configura la obra.
La obra artística de Florencio de Arboiro se caracteriza por su variedad temática. Las series escultóricas más conocidas del autor son las meigas y bruxas. Para Florencio, la meiga es un elemento de veneración. La meiga forma parte de la más profunda tradición popular gallega. Procede de la Galicia mágica, son reminiscencia de la cultura precristiana, siendo una imagen recurrente de la cultura artística gallega. Las meigas son rencarnaciones de los viejos druídas y son poseedoras de habilidades mágicas; frente a la malingidad de las brujas que aparecen como servidoras del diablo en nocturnos aquelarres, las meigas representan el orden del mundo natural, muchas veces benignas, otras veces poseídas de terrorífica furia. Fieles representaciones artísticas de esta concepción popular, las meigas de Florencio son inquietas, vaporosas y difusas, derivadas estas características de la abstracción de las formas de sus cuerpos. Siempre en agitado movimiento, se sitúan en una retorcida peana que simboliza el abrupto paisaje.
Las figuras humanas, aparecen entregadas al trabajo de forma estoica y sudorosa; estas esculturas son fuertes y pesadas, al contrario que las inestables visiones espectrales de las meigas. Las figuras humanas son tan protagonistas de la escena como la labor que estan desempeñando. Cazadores, músicos, campesinos, artesanos y oficios tradiciones, entre la que destaca la prolífica serie de los afiladores.
Destacamos también, la serie sobre la locura, influenciado por su trabajo de maestro del taller terapéutico del Hospital Psiquiátrico Cavaleiro Goas de Toén (Ourense), cargo que desempeña desde hace casi 40 años. Florencio de Arboiro, heroiza a estos enfermos marginales y los transforma en objeto de arte.
Otras figuras humanas se representan con un movimiento exagerado; algunas de ellas, nos recuerdan obras de Giacometti, por su aspecto de inacabado y filiforme, y dotadas de una gran carga emocional. En estas obras de Florencio de Arboiro, los miembros del cuerpo se doblan, desencajan y tienen un alargamiento desproporcionado. Sin embargo no es la manifestación hiperbólica de un movimiento real, sino que son un símbolo del movimiento interior y así lo manifiesta en sus títulos: expresividad, creatividad, angustia, ira,...
La serie de donas y maternidades está formada por piezas muy vanguardistas. Estas esculturas están formadas por la unión de cantos redondeados bajo un manto de bronce imitando la textura de diferentes telas; entre ellas, las de pizarra pulimentada son particularmente conmovedoras a pesar de la abstracción total de los rasgos, Florencio parece llevar hasta la hipérbole el poema neoplatónico de Miguel Angel Buonarroti: "el mejor artista nunca tiene un concepto que un simple bloque de mármol no contenga dentro de su corteza".